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6TOROS6 : TODO ERA MENTIRA

TODO ERA MENTIRA


6Toros6
TODO ERA MENTIRA
abíamos que era mentira, y aunque lo intentaron con vehemencia, no lograron convencernos de lo contrario. Quisieron hacernos creer que obraban con buena intención y altruismo filantrópico, pero no nos lo creímos porque llevaban marcada la mentira en la cara y pronto intuimos que los objetivos eran otros. Se buscaron filósofos, veterinarios, políticos y otros acólitos con la evidente intención de dotar de contenido a su falsedad, aunque se veía de lejos que nada era cierto. Nunca nos creímos su cuento, por mucho que lo repitieron muchas veces, aunque hay que reconocer que caló en una parte de la sociedad catalana. Dijeron que eran gente de paz, y que iban a prohibir los toros porque una sociedad moderna, civilizada y europea no podía consentir la violencia ni que se matasen animales en las plazas de toros de sus ciudades. Nos acusaron a los aficionados de matarifes y de asesinos; nosotros éramos los indignos, y ellos, tan cultos y civilizados, tan leídos y avanzados, los modernos. Nosotros, amantes de la violencia con los animales, éramos los bárbaros, y ellos, tan animalistas y beatíficos, los heraldos de la sociedad nueva que estaba por llegar. Ellos la iban a edificar, y el primer paso era prohibir la celebración de corridas de toros. Suprimidas éstas, y declarada la independencia entre flores y sonrisas, el resto ya iba a ser coser y cantar. No importaba que más de la mitad de sus paisanos (¿o habría que decir compatriotas?) no estuvieran de acuerdo, porque ellos eran la élite dirigente, los portadores de la buena nueva y los defensores de la verdad. A diferencia de nosotros, no eran violentos y nunca lo iban a ser, porque su revolución era y siempre iba a ser pacífica. Eso era lo que les separaba de nosotros, pobres españoles primitivos, herederos de la leyenda negra y del poder autoritario que tanto había hecho por sojuzgarles. Ellos eran los demócratas verdaderos, y nosotros, un burdo remedo de la democracia; los españoles, siempre tan totalitarios y represores. Pronto comprendimos que el toreo era una excusa, y que éste no les importaba lo más mínimo. Prohibir las corridas de toros era una manera, la primera, de romper con España. Supieron ver que la STauromaquia formaba parte de la esencia profunda de este país, también de la suya propia, aunque siempre lo negaron; también en esto nos mintieron, y alguno incluso se atrevió a decir que en Cataluña la Fiesta nunca había tenido arraigo ni implantación. Que no era cosa de ellos, y mucho menos de los catalanes de raza pura, esos que iban a liderar el proceso hacía lo desconocido, por mucho que los apellidos les delatasen. En esas estábamos cuando la sentencia que ha condenado por sedición y malversación a los políticos presos cambió las reglas del juego. Alentados y justificados desde el poder autonómico, los jóvenes activistas independentistas se lanzaron a la toma de los palacios de invierno, y la violencia se extendió por las calles de las ciudades catalanas. Durante una semana, la normalización del terror fue absoluta, creando la falsa imagen de que Barcelona era una ciudad sin ley, reprimida por las fuerzas de Seguridad. La Policía Autonómica hizo lo que tenía que hacer, viviendo en sus carnes la gran paradoja de que los políticos que la dirigen, con una mano la mandaban contra los violentos y con la otra la criticaban por hacer el trabajo que le habían ordenado hacer. Torra, negándose a condenar la violencia, dejó de ser (si es que alguna vez lo ha sido) el presidente de todos los catalanes y se convirtió sólo en el de una parte de ellos, y no la mayoritaria. Somos gente de paz, gritaban con ironía los violentos, al tiempo que lanzaban adoquines a los policías. Y Torra, con su silencio, les daba alas y se convertía en un activista que culpaba a la violencia de Estado de lo que estaba ocurriendo. Todo esto pasaba más o menos cerca de la plaza Monumental, que fue cerrada, y así sigue, porque en su interior se fomentaba la violencia. Torra todavía no ha condenado el terrorismo callejero (ese que por muy brutal que ahora parezca, había tenido sus antecedentes durante las dieciséis horas de asedio a la Consellería de Economía el 20 de septiembre, en unos actos vandálicos que tuvieron el resultado conocido de cuatro coches de la Guardia Civil devastados y destrozados), pero sí ha entendido el corte de carreteras y autovías. Y ha dicho a los CDR una frase con la que pasará a la historia de la infamia: “Apretad”. Los argumentos pacifistas del independentismo eran mentira. Lo era la supuesta violencia de la Fiesta y de sus partidarios, y lo eran las presuntas bondades del procés, que había edificado gran parte de su discurso público secesionista en los besos, los abrazos, los cánticos, los juegos y, no lo olvidemos, también en la repetida desobediencia de las leyes españolas y en el desafío constante a los poderes del Estado. Por si faltaba algo para que tuviéramos claro que el recurso a la no violencia había sido una falsedad mil veces repetida, una táctica que ocultaba otras actitudes, Elisenda Paluzie, presidenta de la Asamblea Nacional de Cataluña, dijo unas palabras definitivas: señaló que los actos violentos “hacen visible el conflicto” catalán en el mundo; por tanto, no sólo los justificaba y aceptaba, sino que, al transmitir la idea de que el fin justifica los medios, les dio una finalidad estratégica política, de manera que animaba a los violentos a seguir con sus acciones porque éstas tenían un objetivo. En una entrevista en TV3 Paluzie añadió: “Se trata de debilitar los pilares de poder del Estado en Cataluña y fortalecer los nuestros y crear alternativas”. ¿Debilitarlos mediante sonrisas o mediante la violencia? Parece que superada la primera fase, el procés, una vez aceptada la violencia, durante esas semanas de noviembre había entrado en la segunda. Y, además, sin complejos ni medias tintas. En esos días explotó la verdad: en Cataluña, la violencia había dejado de ser de uso exclusivo de los aficionados a los toros, para ser ejercida, y además de manera real y no simbólica, por la tropa independentista, y justificada y entendida desde las filas del poder secesionista. Era mentira que los violentos fuésemos nosotros, y también lo era que prohibieran las corridas de toros para evitar que acabásemos consumidos en las llamas del infierno. Sus sonrisas y su apelación a la no violencia eran falsas, ¿verdad señora Paluzie? Sabíamos que todo era mentira, pero siempre es gratificante ratificarnos en nuestras certezas.
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