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CRÍTICA, CONTEXTO Y TOREO

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CRÍTICA, CONTEXTO Y TOREO

iendo el otro día en televisión el programa “Música desde la azotea”, dedicado a versionar y analizar la influencia de famosos intérpretes, con The Beatles como protagonista de la primera entrega, una de las cantantes entrevistada hablaba del contenido y estructura de las canciones del grupo británico, y más o menos decía que sus magníficas composiciones son combinaciones muy sencillas de notas musicales, a diferencia del jazz o la bosanova, que al parecer son más complejas, y explicaba que la magia de las canciones de los músicos de Liverpool consistía en cómo y con qué ingenio combinaron tan elementales notas. Pensé entonces en la escritura, y en que en ésta todo se resume de manera muy simple en un abecedario de 28 letras, que combinado de distintas maneras puede dar como resultado desde El Quijote y La Regenta en un extremo a, por ejemplo, estos textos míos en el otro. Todos los libros tienen las mismas letras (con las variaciones lógicas de los diferentes idiomas), y muchas veces hasta las mismas palabras; lo que diferencia a unos textos de los otros es el contexto, el ritmo y la cadencia musical y lingüística que imprime el escritor. Todo ello plasmado, obvio es decirlo, con letras, siempre las mismas, y también con notas, en el caso de las composiciones musicales. Lo mismo sucede en la Tauromaquia. Las suertes son las letras del toreo; los quites y las tandas de muletazos, las frases; la faena, el capítulo del libro; la corrida, el libro entero; y el contexto, los problemas del toro. Aunque todos los naturales son aparentemente iguales (en su manifestación externa, desarrollo y forma, e incluso en la imagen que captan los fotógrafos, sin tener ahora en cuenta la clase personal de cada torero), está claro que no es lo mismo un natural a un toro complicado que quiere coger al diestro, que uno a un toro nobilísimo que no plantea problemas. Pero no despreciemos este último natural para dar valor al primero, porque tan difícil (y a veces incluso más) es estar verdaderamente bien con un toro muy bueno como estar por encima de uno difícil. Por eso son tan exigentes los toros que los Vtoreros llaman medios, esos animales que ponen muy poco de su parte y, por tanto, todo tiene que ponerlo el torero. Además de la propia y fundamental expresión del torero, en el toreo lo más importante es el contexto, y ahí es donde debe fijar su mirada el aficionado, para entender cabalmente la faena que tiene ante sus ojos. ¿Cuántas veces no hemos oído decir a un espectador que el toreo es aburrido porque todas las faenas son iguales? Y sí, son iguales, si las analizamos sin contexto: lances de recibo, verónicas, tercio de varas, algún quite, banderillas, muletazos por alto o por bajo o citando desde lejos, series de naturales y derechazos, más series de naturales y derechazos, remates, pases de adorno, algún desplante y la estocada (o varios pinchazos, varias estocadas o varios descabellos). Esta secuencia de muletazos podría servirnos para describir externamente muchas de las faenas que vamos a ver esta temporada, de manera que si no comprendemos y nos explicamos (en primer lugar a nosotros mismos) qué es lo que hace diferentes a unas faenas de otras (para entender todo lo vendrá después), la Tauromaquia puede parecernos de una insufrible monotonía, como les parece a los espectadores circunstanciales que de vez en cuando se asoman a una plaza de toros. Lo fundamental es encontrar la entraña del toreo, eso que hablando de poesía escribió el periodista argentino (nacido en Gijón) Pablo Suero en un libro de entrevistas y crónicas literarias publicado en 1937: “Juan Ramón [Jiménez] fue el primero en lanzarse a seguir la sola música de su ritmo interior y en dejarse caer en el abismo de una nueva imaginación necesaria para crear, corriendo tremendos riesgos”. Hablaba de Juan Ramón, pero a mí me parece que lo está haciendo de Juan Belmonte y de su revolución taurina. El periodismo taurino, y quizá también la misma afición taurina, nació sin contexto. El primero porque las cosas entonces se contaban así y la segunda por falta de experiencia. Las reseñas que iban describiendo las faenas toro a toro y pase a pase –varios siglos después de la época analizada brillantemente por el profesor Felipe Pedraza Jiménez en el ensayo que publicamos en este mismo número–, generalmente aportaban mucha información pero muy poco contexto. Eran antiguas, de los siglos XVIII y XIX, pero de una manera u otra llegaron hasta mediados del siglo XX en la revista El Ruedo, cuando Juan Aparicio, Director General de Prensa durante el primer franquismo, estableció por decreto que las crónicas taurinas debían dividirse en Reseña (pretendidamente objetiva y heredera de la primeras crónicas toro a toro, puyazo a puyazo y pase a pase, y que acabó derivando en la ficha técnica que, con diversas modificaciones y aportaciones, ha llegado hasta nuestros días) y Juicio crítico (plenamente subjetivo, un género periodístico híbrido totalmente español que mezclaba, y mezcla, la narración de hechos y los juicios de valor). La opinión es fundamental en la crónica, pero mucho más que ésta lo es la descripción del contexto, porque sin contexto no hay entendimiento del hecho taurino. Lo malo es cuando, en una misma crónica, el contexto y la opinión van por caminos diferentes y se contradicen. Para entender mejor lo que digo, no dejen de leer la crónica que Gregorio Corrochano le hizo a Gallito (y a Belmonte y a Sánchez Mejías) de la corrida celebrada en Madrid el 15 de mayo de 1920 en su última actuación en esa plaza, un día antes de torear en Talavera de la Reina, que reproducimos en las páginas finales de esta revista. Ahí verán cómo es posible ocultar en el fondo del texto una buena opinión sobre una actuación de un torero con el objetivo de que el mal contexto (real pero contradictorio sobre cómo estuvo el torero) prevalezca sobre todo lo demás. Suele suceder que se sacrificaba, y sacrifica, la realidad objetiva con la intención de que permanezca la narración de una idea brillante. Es decir: lo importante es el estilo y la ideología taurina, y no lo que pasa en la plaza. Leyendo disfrutaremos de las letras y frases escritas, pero quizá nos enfade que algunos pensasen, y piensen, que es más importante el estilo del crítico que critica que el toreo del torero que torea. 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