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6TOROS6 : PONEDORES Y MECENAS

PONEDORES Y MECENAS


6Toros6
PONEDORES Y MECENAS
i en lugar de a una histórica generación de poetas, Ignacio Sánchez Mejías hubiese apoyado económicamente a un grupo de novilleros, o a uno solo, o incluso a su propio hijo en sus primeros años de becerrista, el torero sevillano no aparecería en los libros de literatura con el respetuoso y magnífico apelativo de mecenas; y ya de paso, tampoco aparecía como dramaturgo, aunque sí como gloriosa inspiración de una de las más famosas elegías de la cultura española. Y sin derecho a estar tampoco en los libros taurinos por esa faceta económica –pero sí por la de torero, naturalmente–, en el habla coloquial del toreo se le recordaría por haber sido un ponedor. La misma acción y el mismo dinero, mecenas o ponedor, según los casos, así de destructivo es para algunas cosas el lenguaje taurino: los toros muy buenos son considerados “tontos”, los muy malos son “listos”, los bravos que hacen posible el toreo contemporáneo son “comerciales”, la mayoría de los que no embisten o embisten mal son “encastados”, los toreros muy valientes son “torpes” o, como le leí en una ocasión a un crítico, “sucios”, y así podríamos seguir con numerosos ejemplos hasta llegar al “cobardes” con que un cronista ha denominado hace poco a las figuras que no se anuncian con ninguno de los hierros toristas de San Isidro y, además, sólo se han contratado una o dos tardes en el abono madrileño. Está claro que todos queremos más bravura y emoción en las plazas, y que a todos nos gustaría ver a las figuras en alguna ocasión (o en muchas, si fuera posible) con un tipo de ganaderías distintas a las que siempre lidian, porque esa diversidad iría en beneficio de la tauromaquia, pero de ahí a tildar de cobardes –“el batallón de los cobardes”, les llama– a los toreros que no lo hacen, media un abismo. Un abismo de respeto. Se puede discrepar S–la libertad de expresión es sagrada y legítima– sobre cómo enfocan sus carreras y sobre las ganaderías que eligen, y se puede debatir sobre su arte e importancia en la Fiesta, pero llamar cobardes a algunos matadores de toros, eso son palabras mayores que definen a quien las utiliza. La presencia de mecenas en el toreo es consustancial a su propia naturaleza. En mayor o menor medida siempre ha habido personas adineradas que han ayudado económicamente a novilleros que estaban empezando, intentando facilitarles la formación y respaldarles con el empujón tan necesario en los primeros momentos de una carrera generalmente larga y tortuosa. Recuerdo a varios, y el ejemplo de uno puede servir para otros muchos: el propietario de una cadena de bares en Barcelona se acercó a la Fiesta, se gastó una parte del dinero que había ganado sirviendo cañas y poniendo raciones de gambas, ayudó a un torero, enriqueció (muy moderadamente) a algún taurino, se cansó de perder y regresó a su negocio. Pero aquel comerciante que dejó dentro de la Fiesta un dinero que había ganado fuera de ella no tuvo buena prensa ni tampoco adquirió prestigio en el mundo del toro, pues nunca pasó de ser un advenedizo, un invitado en un negocio que no era el suyo. Era un ponedor, en una palabra. Y para los taurinos de colmillo retorcido, incluso un panoli. De la misma manera que la burbuja económica atrajo al toreo a muchas personas acaudaladas –ladrilleros les llamaban, para rematar lo despreciativo que puede ser el lenguaje taurino–, la recesión se las ha llevado. Y si con su presencia en la Fiesta –sus ladrillos, sus montajes, sus intercambios– aumentó considerablemente la celebración de novilladas –sobre todo novilladas–, su ausencia se ha notado en que ha disminuido de manera notable la celebración de festejos menores. Afortunadamente, la maravillosa concienciación de muchos ayuntamientos que organizan ferias de novilladas (Arnedo, Villaseca de la Sagra, Arganda, Algemesí, Calasparra… y muchos más) hace posible que el vacío no sea todavía mayor del que es, y que el panorama no sea desolador. Y si en el toreo a los mecenas se les llama, siempre con desprecio, ponedores, no ocurre lo mismo en los ámbitos de la cultura y el deporte. Y esta es una gran diferencia que juega en contra de la Fiesta. Conociendo como conocemos los patrocinios culturales, voy a centrarme en dos mecenazgos deportivos que recogía, en un reportaje y en una entrevista, muy recientemente el diario El País. En el primero se hablaba del Madrid CFF, club de fútbol femenino “creado en 2010 por un empresario óptico para que jugara su hija” de portera. Les ha ido bien, han crecido, y de las veinte jugadoras iniciales ya tienen 250 en catorce equipos de diferentes categorías. Su presupuesto es de 300.000 euros anuales, además de los 150.000 que aporta la Liga Iberdrola y de otras subvenciones de la Comunidad de Madrid. Unos días después, en esa misma sección de Deportes decía Juanan Morales, presidente del Divina Juventut de Badalona: “En el baloncesto, sin mecenas no compites”. Qué distinta hubiera sido la frase si hubiese puesto: “En el baloncesto, sin ponedores no compites”. ¿Sólo cambia la frase o también cambia el concepto? Precisamente por eso mismo, a nadie le parece raro que Alfredo Ulloa funde un equipo de fútbol femenino, y se gaste un dinero importante para que “juegue su hija”. ¿Tendría el empresario óptico idéntica consideración, y le habrían dedicado un reportaje igual de magnífico, si se hubiera gastado ese dinero en apoyar la carrera de su hija si ésta hubiese sido aspirante a torera? ¿Y cómo le habrían acogido algunos taurinos? ¿Con respeto o hubieran intentado sacarle hasta el último par de gafas?
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