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LA SUERTE SUPREMA

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LA SUERTE SUPREMA

reguntado en una ocasión Cúchares sobre cuál era la suerte del toreo que más le gustaba (o quizá cuál consideraba más importante, de las veinte o treinta que se practicaban cuando él estaba en activo), el maestro madrileño contestó que “la suerte más importante es la de volver a casa cuando acaba la temporada”. Y vista la frase desde el punto de vista del torero, desde luego que no le faltaba razón. Siguiendo ahora el mismo juego semántico que utilizó Francisco Arjona, podríamos decir que entre todos los tipos posibles de estocadas –y hay muchas–, la suerte suprema es que la espada entre a la primera, y que además quede bien colocada… aunque está claro que muy pocas veces se trata de una cuestión de suerte. A los aficionados también nos gusta que la ejecución sea buena, realizada despacio y marcando los tiempos, toreando con la mano izquierda, ofreciendo el pecho y saliendo por la penca del rabo del toro... pero una estocada así descrita se ve menos veces de las que nos gustaría. También es probable que quizá se ha visto pocas veces a lo largo de la historia del toreo, como más abajo veremos con algunos ejemplos. Está claro que no descubro nada al afirmar que una buena estocada es el colofón necesario de una gran faena, y que el buen toreo, aunque no se olvida si se pincha, siempre queda sin premio si el torero falla más de una vez con la espada. Y es lógico que así sea: las grandes faenas deben estar perfectamente rematadas. No lo dice de manera taxativa el Reglamento, pero lo sabe el acervo de los aficionados, transmitido de generación en generación, desde los que vieron a Pedro Romero hasta los que vemos a cualquiera de los toreros actuales. Con la estocada sucede algo muy curioso, y que me apresuro a escribir que no me parece injusto: a diferencia de los tiempos pasados (cuando decían que una buena estocada valía por sí sola una oreja), en los tiempos que vivimos no aporta premios cuando éstos no se han ganado con la muleta; pero sí que los resta. Esa es su primera gran paradoja. Por tanto, ¿vale más una estocada que veinte naturales? Sí, si es de cortar orejas de lo que estamos hablando (y no digamos ya en el rejoneo). La segunda Pgran paradoja es que una vez que se consuma la estocada y se obtienen los trofeos, el manejo de la espada pasa a un segundo plano (porque se le otorga un valor utilitario) y lo que se valora y recuerda es el toreo realizado. En lo que estamos todos de acuerdo es que la suerte suprema es una de las acciones más difíciles y comprometidas del toreo, en la que algunos grandes toreros han naufragado, mientras que otros han necesitado encontrar un tranquillo para salir del apuro lo mejor posible. Y aquí, claro, “salir del apuro” quiere decir dejar la estocada a la primera y bien colocada, con independencia de cómo haya sido la ejecución, rápida o lenta, pasando cerca o lejos del pitón… siempre que esa ejecución no haya sido desastrosa y ventajista en exceso. Ni mi conocimiento ni mi memoria dan como para poder hablar de la totalidad de la historia del toreo, pero hasta donde sé y recuerdo, han sido muy pocas las grandísimas figuras que al mismo tiempo han sido grandísimos estoqueadores. Desde luego que lo fue Manolete (que lo tenía todo) y, en otro status de figura, también lo fueron Paco Camino, Paquirri y Joselito; por el contrario, han sido muchas más las figuras del toreo que han sido estoqueadores deficientes, purísimos con la muleta y el capote, pero impuros en la suerte suprema. Efectivos pero no estilistas. Ahí es donde entra el tema del tranquillo, con Antonio Ordóñez y su famoso “rincón” como ejemplo máximo. Pero también se ha dado el caso contrario: el de toreros que han sido excelentes estoqueadores (por tanto, con valor sobrado para hacer la suerte despacio, jugándose la vida) y que luego, por las circunstancias que hayan sido, no han sido grandes figuras. Y como ejemplo estoy pensando, al igual que ustedes, en Uceda Leal, probablemente el estoqueador más puro y efectivo que yo he visto en mis años de aficionado. Conscientes de que la efectividad es lo que cuenta para mantener la regularidad de los triunfos, la gran mayoría de las figuras del toreo de todas las épocas han buscado su “modo” de matar (su tranquillo), perfectamente lícito. Como siempre ocurre, muchos aficionados consideran que este es un mal moderno, producto de los toreros contemporáneos, algo que se daba poco en los antiguos y nada en absoluto en los muy lejanos. O al menos no de la misma manera. Esa crítica sirve, naturalmente, para demeritar la mayoría de las estocadas modernas, tan rápidas (con salto o sin salto) como efectivas de algunas de las figuras actuales del toreo. La clave quizá esté en estas palabras de Gallito, amigo de Felipe Sassone y recogidas por el escritor peruano: “Hay mucha gente que mata bien y pasa el ‘fielato’; pero lo pasa porque Dios quiere, que certeza y seguridad científica no hay nunca, y al que mata bien acaban cogiéndole los toros”. ¿No les parece que no es posible mayor sinceridad a la hora de explicar por qué a algunos toreros, Gallito entre ellos, históricamente les ha costado tanto entrar bien a matar? Y añade Sassone, hablando de la buena ejecución de la suerte suprema: “Guerrita, Joselito y Belmonte lo fueron en cuanto a seguridad, en cuanto a matar muchas veces de la primera estocada, no en cuanto a la corrección clásica con que ejecutaron la suerte. Lagartijo usó el tranquillo del paso atrás, aprendido de su maestro El Tato y, a pesar de la habilidad con que cazaba a algunos toros con sus famosas medias lagartijeras, nunca pudo ser considerado gran matador de toros, y en este sentido le ganaba la pelea siempre su gran rival Frascuelo. A contar desde Mazzantini, hasta la época de José y Juan, todos los buenos matadores de toros fueron toreros deficientes, y viceversa, y si Guerrita, Joselito y Juan mataron pronto, lo hicieron con un tranquillo”. Sin discutir el fondo de su afirmación, que a grandes rasgos comparto, se me ocurren tres toreros magníficos al tiempo que estoqueadores excepcionales (a dos de ellos los vio el dramaturgo peruano) que anteponer al “y viceversa” de Sassone: Manolete, Rafael Ortega y Paco Camino… pero está claro que tres claras excepciones no hacen otra cosa que confirmar la regla general. Seguir leyendo

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