×

Información sobre cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para analizar y mejorar su navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su instalación y uso. Mas información. Al utilizar nuestro sitio usted acepta los términos de nuestra Política de Privacidad.
Aceptar
Añadir
Comprar
Añadir al carrito
Comprar ahora
Comprar
Cancelar

6TOROS6 : LA CASA DE JOSÉ

LA CASA DE JOSÉ


6Toros6
LA CASA DE JOSÉ
o no sé, doctor, si la palabra obsesión es la más adecuada para describir lo que yo sentía hacia la casa en los primeros momentos. Es cierto que cuando pasaba por la calle, de siempre me había sentido atraída por aquellas cuatro ventanas y balcones perpetuamente cerrados, pero al principio sólo tenía curiosidad. Curiosidad, digamos, literaria, ¿me entiende? La casa era, entonces, un motivo literario. Un recinto privilegiado que había albergado en sus paredes a una persona que, también literariamente, me interesaba. Era… ¿cómo decirlo?, una invitación a la fantasía. ¿Hay algo más bello que la fantasía? Yo sí lo sé, doctor: no lo hay, porque la fantasía es vida. Y yo, mirando aquella casa, o imaginando su interior, dejaba volar la mía. Era como recuperar un tiempo que hasta entonces creía irremediablemente perdido. No sé si me explico, doctor, pero nos movemos en el terreno de las sensaciones y éstas son muy difíciles de transmitir. En el principio fue el hombre. Quiero decir que aunque yo conocía de José muy poca cosa, había sentido hacia él una atracción que muy bien podría denominar romántica. Él era, para mí que tan poco conocía entonces del toreo, algo así como una figura legendaria. Legendaria, mitológica y lejana. Su trágica muerte, fruto de un signo tan evidente de predestinación, me había arañado el interior. Durante mis clases, al hablar a mis alumnos de la Generación del 27 siempre me había gustado detenerme en esos toreros que tanto habían impresionado a mis queridos poetas. Algo debían tener de fantástico cuando unas personas que habían sido capaces de interpretar tan profundamente a Garcilaso les tomaban, precisamente a ellos, como fuente de su inspiración. Todo comenzó uno de esos días que caminaba sumida en mis pensamientos por delante de la casa. Muchas otras veces había paseado por la calle Arrieta, es cierto, pero como nada sabía de la casa, aunque sí de Ignacio y de José, nunca antes me había fijado en la placa y en la corona de rosas rojas secas que allí hay. Aquel día oí, al pasar por el portal, una voz que me invitó a retroceder y a levantar la vista. Sé que es difícil de creer, y que diciéndolo se me puede tomar por loca, pero es tan cierto como que usted y yo estamos ahora mismo sentados en esta horrible sala decorada Yde manera tan funcional y fría. Fue como una especie de invitación, o mejor, fue una orden de inevitable cumplimiento, que me hizo levantar la vista y leer que aquella casa había pertenecido a José. La sensación fue tan grande, que me quedé inmóvil, petrificada. En ese instante comprendí que José no había sido sólo un torero que en un tiempo ya lejano había mandado en el toreo y había muerto en Talavera de la Reina, sino que José había sido, además y sobre todo, un torero que vivió en aquella casa, que entró y salió de aquel portal, que subió aquellos escalones y que tomó aquel ascensor. José había sido una persona de carne y hueso que muy posiblemente había estado parada en más de una ocasión en el mismo sitio en el que yo me encontraba en aquel momento sin poder dar un solo paso. El mismo soplo alado, y perdone la cursilería, que me obligó a levantar la cabeza para ver la placa conmemorativa, me señaló que allí arriba estaba el tema literario que tanto tiempo había estado buscando. Fue como una iluminación: debía buscar y poner en orden todos los papeles “olvidados” que estaban, seguro, en esa casa. Pensé que inexplicablemente, durante años, nadie había reparado en la ingente cantidad de cartas personales, fotografías, recuerdos y otras cosas que ese lugar debía contener. Este fue el motivo primario de mi acercamiento a la casa. Durante semanas intenté organizar mentalmente el trabajo, aunque a medida que avanzaba en el desarrollo de mi tema, la casa seguía tomando cuerpo, se iba personificando, y yo comprendía por qué nadie había descubierto su secreto antes. La casa era absorbente y obsesiva, y según te dejaba entrar en sus intimidades, te iba eliminando físicamente. Yo resistí tan dura prueba y por eso estoy aquí, para poder contar lo que allí vi. Durante semanas, como le digo, me senté en la plaza de la Encarnación a imaginar el interior de la casa. Abría mentalmente la puerta y las paredes se me insinuaban plenas y convincentes, pero ahora sé que falsas. Sí, falsas, porque lo que yo imaginaba de la casa eran tonterías. Nada de lo que supuse que habría dentro estaba allí cuando por fin entré acompañada por José. Yo pasaba muchas tardes en la plaza y en el convento de la Encarnación, pues aunque no tenía ninguna prueba, suponía, y suponía bien, que José debía acudir a ese sagrado recinto en busca de recogimiento durante sus estancias en Madrid. Allí, cuando supongo que vio verdaderamente probada mi voluntad de acercamiento a su persona y a su casa, decidió dejarse ver. Un día, por fin, al otro lado de la plaza, siempre en la parte más oscura, noté que me observaba una figura. De ahí en adelante, un día tras otro, siempre en el mismo banco de la plaza o de la iglesia, había un hombre joven vestido con traje negro, camisa y botas cordobesas. Su extremada palidez se acentuaba aún más por el contraste con el negro de su impecable traje negro. Durante mucho tiempo José me observó en silencio, ausente conmigo, aunque cuando por fin decidió hablarme me llamó por mi nombre. Claro que no me extrañó que sin conocernos, él me conociera. A mí no me extrañaba nada, y menos de una persona tan sensible como José. Hablamos de él; siempre hablamos de él y de la tarde de Talavera. Hay algo, doctor, que me llamó enormemente la atención de José: su íntimo desapego a la vana gloria. Él sabe que fue un torero genial, culminación y síntesis de una época, un torero soberbio en todos los sentidos de la palabra. Él sabe todo esto, pero… El artista, doctor, cuando tiene pleno conocimiento de sus posibilidades de creación, lo ya hecho le sirve de muy poco. José no da hoy ninguna importancia a todos los factores que le encumbraron como figura máxima del toreo. Quizá sea difícil de entender, pero el José de hoy es un torero muy lejano del José que tenía veinticinco años en 1920. El José de hoy es, y habla, como el torero que irremediablemente debía haber sido y que sin embargo no llegó a ser. Sólo una cosa le reprocha a Belmonte: que Juan viviera lo suficiente como para ver la evolución de su toreo, ya fuera de sus manos; José, en cambio, murió cuando el suyo, aunque consolidado, aún estaba en las suyas. No sé, doctor, si disquisiciones tan taurinas le interesan, pero el José de hoy es un torero muy distinto al que ha pasado a la historia. Yo supongo, aunque nunca me he atrevido a preguntárselo, que su mayor drama personal fue morir antes de ser el torero que debía haber sido. ¿Hay algo más triste que la obra muera al mismo tiempo que muere su creador?
1E Ejemplar
2,99€
1M 1 Mes
10,99€
3M 3 Meses
27,99€
6M 6 Meses
49,99€
1A 1 Año
89,99€