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HA FALLECIDO ANTONIO LEÓN RODRÍGUEZ, UN HOMBRE BUENO

El Faro de Ceuta

HA FALLECIDO ANTONIO LEÓN RODRÍGUEZ, UN HOMBRE BUENO

El último de la lista, por su designación, ha sido el titular de Justicia, Juan Carlos Campo, un veterano con experiencia en la judicatura, en el Consejo del Poder Judicial, en el Ministerio de Justicia, en el Parlamento y en el PSOE, en el poder y en la oposición. Tiene por delante muchos conflictos y algunas cosas a favor: es sereno, conoce el problema, ha hecho muchas veces el diagnóstico de lo que pasa, tiene capacidad de diálogo con los operadores jurídicos, que le respetan, y, sobre todo, haga lo que haga, va a mejorar la labor de su antecesora, Dolores Delgado. Como le tocó a Rafael Catalá al suceder a Alberto Ruiz Gallardón, Campo va a tener que recuperar el diálogo y la confianza de todos los operadores jurídicos y a sumar fuerzas --todas son indispensables-para ver si, de una vez, somos capaces de hacer la imprescindible reforma de la Justicia que necesita España desde hace décadas. Pero como ministro se va a enfrentar también a problemas aún más difíciles. Su presidente y el otro presidente, aunque con categoría de vice, junto con sus socios de investidura, ERC, quieren "desjudicializar la política", que no está nada claro lo que significa o si significa lo mismo para cada uno. Y ahí juegan los primeros movimientos: sustituir o no a la fiscal general y definir la independencia de la Fiscalía; redefinir el papel de la Abogacía del Estado; "acomodar" o no la formación los jueces; acordar con el PP, si se dejan, el nuevo Consejo General del Poder Judicial y su sistema de elección y el próximo Tribunal Constitucional; y, sobre todo, afrontar el problema catalán desde el frente judicial, con el imperativo de alguno de los socios de "poner a los jueces en su sitio" y el deseo de otros de que la política "marque el camino" de la justicia. Y otros más. No es fácil. aco Gómez Cianca, nuestro amigo común, me acaba de informar de que ha fallecido Antonio León Rodríguez, ese hombre bueno que, contra viento y marea, decidió ser libre para vivir plenamente su vida y, sobre todo, para dar testimonio de su profunda convicción -de su fe- de que el amor es el impulsor central de la vida personal y la fuente nutricia de la supervivencia colectiva. Antonio ha vivido y ha muerto como lo que fue: un hombre valiente, un trabajador tenaz y un militante intrépido que armonizaba magistralmente sus ansias de progreso con la necesidad de acomodar el ritmo de sus pasos a las velocidades impuestas por las dolorosas realidades económicas y sociales de cada situación histórica. Es cierto -lo reconozco- que la fuerza de su imaginación literaria a veces lo arrastraba a dar respuestas originales e imprevistas. Pero -me pregunto- ¿es posible que se haya olvidado lo que el padre León fue e hizo en Ceuta? ¿Es posible que ni siquiera se recuerde sus importantes aportaciones a la pastoral cristiana y a la promoción social tales como su labor en el Sarchal, Pasaje de Recreo y en la creación de la Fundación Nazaret? Recuerdo cómo, en varias conversaciones me expresó su convicción de que la esencia de su propio pensamiento –de su fe- radicaba en la certidumbre de que hacer trabajo por la sociedad era, fundamentalmente, ocuparse de los individuos concretos. Esto podría explicar, quizás, su confianza Pabsoluta en el contacto directo. No era extraño, por lo tanto, que se decepcionara al comprobar que, aunque en la teoría, son muchos los que reconocen que el amor es la clave que interpreta todos los enigmas humanos y la fórmula que resuelve todos los problemas de la convivencia, en la práctica, son escasos los que aplican este principio con la coherencia y con la asiduidad que sería de esperar. Por eso nunca disimuló su extrañeza –su dolor- ante esa práctica, tan frecuente entre los que predican el amor, de cubrir sus manifestaciones con apariencias rígidas y de disimularlo con máscaras grotescas, para evitar que los demás adviertan su poderosa influencia. Antonio, por el contrario, luchó, valiente y firmemente, para lograr una libertad que le hiciera posible sacar a flote su rica personalidad; por eso se decidió a romper barreras sociales y a saltar por encima de algunos hábitos gratuitos o de convicciones injustificadas. En varias ocasiones me confesó que era consciente de que, con sus decisiones libremente adoptadas, se ligaba con un vínculo mucho más fuerte, más fecundo y más gratificante como es el amor a su mujer. Para Antonio, el amor era la única clave inexplicable que era capaz de dotar de sentido al “sinsentido”; un vínculo paradójico porque, además de una necesidad, era una obligación y, además de un don, un buen negocio. Ha muerto un hombre trabajador, un ceutí libre, un creyente generoso y un sacerdote coherente que, despreciando las peanas y las tribunas, los escalafones y las categorías, las jerarquías y los títulos, dedicó su vida a servir a los necesitados de compañía y a, simplemente, querer a su mujer, a sus compañeros, a sus amigos y, sobre todo, a los más necesitados. Con ellos, somos muchos los que hoy sentimos una profunda pena. Que descanse en paz. Seguir leyendo

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