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6TOROS6 : CONSEJOS DESDE CALIFORNIA

CONSEJOS DESDE CALIFORNIA


6Toros6
CONSEJOS DESDE CALIFORNIA
n un periódico de circulación nacional, el científico Javier Sampedro escribió hace varios días un interesante artículo titulado “¿Son los animales conscientes de que sufren?”. La conclusión del artículo podía invitar a la duda –al menos para mí, que soy un absoluto lego en genética y biología molecular–, debido a que resumía en el título con una pregunta, y no una afirmación o una negación, la cuestión principal tratada, que no era otra que el sufrimiento animal. Dentro de mi total ignorancia en la materia, estoy completamente de acuerdo con Sampedro: los mamíferos sufren ante el dolor, y además son conscientes de ello. Y quizá también los que no son mamíferos. Sin necesidad de mayores comprobaciones, tengo una prueba irrefutable: en los ya casi trece años que llevo conviviendo con mi perro, en una ocasión de manera involuntaria le hice daño en una mano cuando le lavaba para quitarle la suciedad de una mañana de lluvia. “River”, que así se llama, se revolvió y me mordió de manera leve. Sangré un par de gotas y casi no tuve dolor, e inmediatamente pensé: “Le he hecho daño y me ha hecho daño. Somos iguales”. Resuelto el problema de la limpieza y del arañazo, “River” se fue a su cesto y yo me marché a trabajar. Al salir de casa pensé sin nada de envidia: “Vaya, no somos tan iguales”. Deseo que no se tomen a broma mis palabras, porque las he escrito muy en serio. Ahora bien, en lo que ya tengo más dudas es que el sufrimiento de un toro en la plaza sea equiparable al de un perro en la ducha. Como nada sé del tema, sólo puedo volver a leer la entrevista que en el número 656 (del 23 de enero de 2007) le hice en esta revista al profesor de Fisiología Animal Juan Carlos Illera del Portal, director de la tesis doctoral de Fernando Gil Cabrera dedicada a la medición del dolor y el estrés del toro bravo durante la lidia. Quizá recuerden ustedes la enorme repercusión que tuvieron las teorías de Illera Epuestas de manifiesto en un trabajo que titulé, sin interrogantes de por medio, “Por qué el toro no sufre”. Illera se convirtió aquellos días, con toda justicia, en una “estrella mediática”, invitado frecuente en numerosos medios de información taurina, que se hicieron eco de los descubrimientos científicos suyos y de su alumno. De aquella entrevista han pasado ya doce años, y hasta donde yo sé no se ha vuelto a hablar mucho del tema. Hubiera sido interesante que Javier Sampedro, para elaborar su artículo, además de entrevistar al neurocientífico Philip Low, redactor de la Declaración de Cambridge (manifiesto firmado en 2012, en el que se concluye que los animales no humanos tienen conciencia), y al profesor Juan Lerma, que está en todo de acuerdo con el anterior, también hubiese hablado con Illera del Portal y con Gil Cabrera; dos tipos de opiniones científicas, seguramente contrarias, le hubiesen aportado a su trabajo un punto de vista más amplio, completo y sin duda menos tendencioso. Obviamente, no entro a valorar las palabras de Low respecto a una especialidad de la que tanto sabe, aunque sí valoro, y de manera muy negativa, las que dedica a la fiesta de los toros, de la que todo lo desconoce. Afirma Sampedro que Low se muestra muy crítico con las corridas de toros, y entrecomilla alguna declaración. No obstante, lo peor venía servido en un recuadro aparte, para que se viera bien, titulado “Las corridas de toros, vistas desde California”. Ahí afirma Low: “Los mamíferos tienen consciencia y capacidad de sufrir, y eso incluye a todos los toros masacrados salvajemente en nombre de la ‘tradición’ y el ‘entretenimiento’ (…) ¿Por qué los españoles no han querido o no han podido aceptar la ciencia y calibrar su comportamiento en consecuencia, repudiando la práctica bárbara de las corridas de toros, que sigue siendo una mancha en la gran cultura española y en la riqueza de su historia?”. Y ya lanzado, añade el neurocientífico estadounidense radicado en California: “Las corridas ya no se consideran románticas, sino más bien innecesarias y crueles; no hay nada viril ni grandioso en atormentar y apuñalar a un ser inocente y sensible; más bien ocurre lo contrario”. Y el final no tiene desperdicio: “Ya es hora de que los toros se retiren de los ruedos españoles, y de que las personas que obtienen un disfrute sádico con las corridas, un espectáculo de crueldad y sufrimiento en el nombre del arte, la historia y la cultura, reciban la atención médica que merecen”. Así de claro: Low nos manda al psiquiatra desde California, estado norteamericano en el que, casualmente, se está debatiendo volver a aplicar la pena capital de manera inmediata, y mientras ésta llega o no llega, más de 750 personas se encuentran esperando en el corredor de la muerte. No afirmo, naturalmente, que Low sea partidario de la pena de muerte (desconozco cuál es su postura al respecto), pero sí me llama la atención que se den lecciones de ética y de dignidad precisamente desde Estados Unidos, allí donde tantas cosas habría que callar cuando se trata de hablar de la muerte de un ser vivo. Un país en el que, desde los años 70, se ha ejecutado a más de 1.500 personas, según datos de Naacp (Fondo de Defensa Legal - Centro de Información sobre la Pena de Muerte, deathpenaltyinfo.org), facilitados en abril del año pasado por Univisión. Cada vez resulta más evidente que el antitaurinismo ha cambiado de eje, adaptándose a las sensibilidades de cada época, y lo que en su momento fue fe religiosa (el Papa Pío V), y luego anticasticismo (Noel antes, y Vicent ahora), en la actualidad es antiespañolismo (independentismo e indigenismo) y, sobre todo, animalismo y hasta feminismo. La fiesta de los toros nunca se ha librado de tener enemigos: cambian los argumentos, el odio se mantiene intacto.
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