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6TOROS6 : CAER, Y SIEMPRE LEVANTARSE

CAER, Y SIEMPRE LEVANTARSE


6Toros6
CAER, Y SIEMPRE LEVANTARSE
El cine y la literatura, en sus más variados géneros, nos explican todos los días utilizando la ficción aquello que el torero vive a cada momento en la realidad de su vida cotidiana. Historias épicas, dramas de superación, personajes admirables que nunca se dan por vencidos, y que, llevados de una increíble fuerza interior, hacen frente con admirable ánimo a las zancadillas que les pone el destino u otros hombres… En sus carnes abiertas por los pitones del toro, y también en sus momentos de fracaso y olvido, el torero también está acostumbrado a caer y a siempre levantase. Uno no sabe nunca cuáles son más profundas y duraderas, si las heridas del alma –esas que llevaron a Varea a retirarse en la pasada feria de Valencia– o las heridas del cuerpo. “El toro coge y suelta”, decían los toreros antiguos, seguramente como un conjuro, una manera de darse ánimo y de no pensar en lo que siempre pende de un hilo, pero la depresión y el miedo a un futuro vacío tarda más en soltar cuando ha cogido y hecho presa. En lo que va de temporada, hasta el 31 de julio, ya habían sido heridos de diversa consideración un total de ochenta toreros de todas las categorías profesionales, cien menos de los que resultaron cogidos en todo el año 2018. Curiosamente, los datos no difieren mucho con respecto a los dos años anteriores: siempre hasta finales de julio, en 2017 habían sido heridos de diferente pronóstico 85 toreros, por los 81 del año 2018. De los ochenta toreros de 2019, nueve lo han sido de mucha gravedad o larga duración: Enrique Ponce y el banderillero Rafael Cañada en Valencia, Gonzalo Caballero, Juan Leal, Manuel Escribano, Román y Sebastián Ritter en Madrid, el forcado Luis Fera en Coruche (Portugal) y Rafaelillo en Pamplona. Tenemos que dar gracias a los avances fundamentales de la medicina, porque hace cincuenta años algunos de estos percances hubieran sido mortales. Como es lógico, todas las intervenciones quirúrgicas y tratamientos que siguieron a esas tremendas cornadas estaban destinadas, en primer lugar, a salvar la vida del hombre; luego llegará, muchas veces en silencio, el largo proceso de recuperar al torero. En la magnífica entrevista que mi compañero Manolo Guillén le hace esta semana a Rafaelillo, el diestro murciano lo dice muy claro: “El torero está ahí y aparecerá y volverá”. Ese deseo –esa sensación– que tiene Rafael Rubio es la misma que viven el resto de los toreros heridos y lesionados: volver a torear. Hay un millón de casos, y todos son distintos, pero estoy completamente convencido de que salvo algunas excepciones, la inmensa mayoría de los toreros heridos quieren recuperarse no pensando en volver a ganar dinero, sino pensando en volver a ponerse delante del toro. El toro es el gran reto –el gran miedo, la gran prueba personal– que deben superar. Hay que exorcizar todos los demonios, y la mejor forma de hacerlo es viéndole de nuevo la cara al toro. La manera en que los toreros afrontan ese momento crucial es variada, y depende de cómo sea cada uno. Los hay que nunca vuelven a ponerse el traje (o el color del traje) del percance, y los hay –como Román en su reaparición en Valencia– que vuelven a lucir el mismo vestido que llevaban el día de la cogida. No sé por qué lo hizo Román, pero lo imagino. Aunque en el fondo estos son detalles pequeños –pero no menores–, porque la gran prueba es volver a superar el trago de vestirse de cualquier color de nuevo de luces, volver a medirse con el toro, volver a sentir se presencia –sus miradas y bufidos– y, sobre todo, volver a sentir pasar los pitones cerca de las ingles. Todas las temporadas hay cornadas muy graves que ponen a prueba la resistencia del torero y su voluntad de volver a torear; unos –la mayoría, en realidad– vuelven sin que se les note ningún cambio, aunque es muy probable que, como suele decirse, la procesión vaya por dentro; otros, los menos, aun siendo capaces de volver al toro, éste se ha convertido en una muralla infranqueable, más alta a cada corrida que pasa, hasta que finalmente ya resulta insalvable. Todos recordamos casos –y no voy a nombrar ninguno, porque no me parece elegante– de toreros que no han sido capaces de volver a ser quienes eran antes de la cogida, de manera que su carrera entró en un declive –rápido o lento, según los casos– que pocos años después les llevó a la retirada. Estos diestros, aunque seguramente lo intentaron con todas sus fuerzas, no fueron capaces de recuperar al torero. Salvaron al hombre, pero el torero siempre es más difícil que aparezca y vuelva, como dice Rafaelillo. Y esto es así por una razón muy sencilla: el hombre ni se pone delante del toro ni se juega la vida, mientras que el torero hace ambas cosas. Al hablar de los toreros que no pueden volver a ser quienes fueron, no me estoy refiriendo, obviamente, a aquellos que les quedaron secuelas físicas, si no a esos otros que las secuelas que les quedaron fueron anímicas. ¿De qué profunda materia están hechos los toreros para que después de vivir un trance como el que este año han vivido Román y Rafaelillo sean capaces de volver a la cara del toro a jugarse otra vez la vida? Escribía la semana pasada Federico Arnás un pequeño fragmento de la entrevista que le hizo a Román mientras se estaba vistiendo de luces para reaparecer en Valencia, y decía el torero valenciano: “¿Me preguntas, Federico, qué he aprendido en estos casi cincuenta días? Pues nada, si yo sabía que esto podía pasar”. Así de claro y rotundo. Lo saben ellos y lo sabemos nosotros. Pero ellos siguen poniéndose delante del toro. ¿Por dinero? Sí, claro, por dinero. ¿Sólo por dinero? Desde luego que no. El otro día una persona me habló de un torero que torea y mata veinte o treinta toros a puerta cerrada todos los años. Y que se la juega exactamente igual, con el mismo compromiso e idéntica verdad, que cuando está vestido de luces en una plaza de toros. Esa es, entiendo yo, su manera de sentirse vivo y torero.
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