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6TOROS6 : BAJAR AL CENTRO

BAJAR AL CENTRO


6Toros6
BAJAR AL CENTRO
ace unos días cerró Viña P. Para quien no lo sepa, Viña P era un bar muy taurino situado en la plaza de Santa Ana, un espacioso escenario madrileño que tiene en cada uno de sus lados cuatro templos, tres de ellos del toreo antiguo: el hotel Victoria, el teatro Español, la Cervecería Alemana y el restaurante Viña P. Aunque con los años había variado su cometido y sentido, Viña P representaba el último bastión de esos lugares de encuentro entre toreros que tanto proliferaron en el centro de Madrid. En esta ciudad, igual que en todas, es de Perogrullo explicar que se denomina Centro al centro de la ciudad, a eso que en otras ciudades (Bilbao, San Sebastián y otras muchas) también llaman casco viejo. En Madrid no hay casco viejo; en Madrid hay Centro, que tiene su epicentro en la Puerta del Sol, se desparrama por todas las calles que nacen de ella y llega hasta donde cada uno quiere que llegue. Pero además de ser el Centro un lugar físico (las calles, los comercios, los edificios), cuando yo era niño el Centro era un lugar simbólico (metafísico, me atrevería a decir) de tertulia de los toreros, que coincidía con el físico, aunque también tenía sus excepciones. Se decía bajar al Centro (y también bajar a Madrid), un espacio de encuentro que se localizaba en aquellos bares taurinos situados en el entorno de la plaza de Santa Ana. A finales de los años 40 del siglo pasado, Don Justo escribió en El Ruedo un bonito artículo en el que recordaba las tascas y tabernas taurinas que hubo en Madrid a comienzos de siglo, y que cifraba en más de doscientas. En su texto se lamentaba de que casi cincuenta años después ya hubieran cerrado muchas de ellas. Veinticinco años más tarde del artículo de Don Justo todavía quedaban bastantes de esas tabernas, la mayoría situadas en aquel Centro taurino que ahora ha desaparecido del todo con el cierre de Viña P. En una época sin teléfonos móviles, los bares del Centro (sobre todo los de la calle Núñez de Arce, pero también los que estaban en Victoria, en Espoz y Mina, en Príncipe, en Cruz, en Echegaray, Hen la plaza de Santa Ana y en otras muchas cercanas o adyacentes) eran el lugar de contratación de los banderilleros, de los buenos y de los mejores, que no iban colocados en cuadrillas fijas. Allí, en torno a un chato de vino y a una conversación que se extendía en el espacio a lo largo de varias de esas tabernas, se cerraban con un apretón de manos numerosos contratos. Los banderilleros iban fundamentalmente a buscar toros, y también a encontrarse con los amigos; y los mozos de espadas y apoderados, a buscar subalternos para las novilladas, sobre todo las sin picadores, pero no solo éstas. En esos tratos, la palabra era ley. Y ay de aquel que no la respetase. Un apretón de manos (y la consiguiente cita para salir de viaje de tal o cual lugar de Madrid en el coche de cuadrillas, si lo había, o para viajar en tren o en coche de línea) era suficiente. Los incumplimientos a la palabra dada los castigaba severamente con multas e inhabilitaciones el Sindicato Nacional de Espectáculo, organismo del sindicalismo vertical franquista que controlaba y protegía con seriedad a los banderilleros. A esos bares también acudían algunos empresarios de pueblo (o los delegados de los ayuntamientos) buscando apoderados que les ofrecieran novilleros que contratar para sus funciones económicas. Así comenzaba el proceso. Todos se conocían, y unos y otros sabían dónde encontrar a los toreros, a los banderilleros y a los apoderados. Allí estaban todos, sólo había que ir a encontrarlos. Los bares taurinos no sólo estaban en el Centro, aunque los que yo conocí estaban todos allí, en esa media docena de calles, pero sobre todo en Núñez de Arce, lugar de encuentro auténtico de los banderilleros más o menos modestos. Recuerdo los nombres de muchos de esos bares: La Ostrería, La Oficina, La Campana, El Mesón del Bacalao, Guernica (que daba un caldo insuperable), Punto y Coma, Marazul, los bares del Simeón y del hotel Victoria, la famosísima Cervecería Alemana, Dorín (en Príncipe, frecuentado sobre todo por ganaderos), Gayango, Hontanares, Casa Picardías, La Trucha, Los Motivos, El Trébol (en Goya, cerca de la antigua plaza de la carretera de Aragón), Casa Puebla (en Príncipe de Vergara, en aquella época General Mola, casi enfrente de la casa de los Bienvenida), La Venencia, Vista Alegre, La Oreja de Oro y, entre otros, Cubasol, que tenía dos plantas: a la baja iban los banderilleros modestos que buscaban contratos y en la planta primera se reunían en tertulia los que iban colocados con las figuras. Cada uno sabía dónde estaba su sitio, y nadie “se atrevía” (o “se equivocaba”) a ir al piso que no le correspondía. Acerca de esa distribución jerárquica, me contaron una anécdota protagoniza por Enrique Bojilla, en sus primeros momentos de banderillero. El gran torero granadino iba a la planta baja, la que correspondía a su inexperiencia, hasta que después de una gran actuación en Madrid, se acercó a Cubasol y dijo algo parecido a esto: “Buenos días, señores. Yo ya me voy para arriba”. Subió, y allí se quedó. Cuando yo era un niño, desde los diez hasta los catorce años, más o menos, acompañé muchas veces a mi padre al Centro (bajábamos a Madrid en metro). A mí me gustaba ir y a él le gustaba llevarme. En algunos de los bares nombrados escuchaba conversaciones e historias, de las que poco recuerdo pero que dejaron un poso en mi memoria. Allí aprendí y aprehendí muchos de los valores que me han guiado como aficionado, como periodista y como persona. Allí estaba yo, silencioso, junto a mi padre y sus amigos y compañeros, y mientras ellos tomaban algún que otro chato de vino, yo les acompañaba tomando uno de gaseosa o de sifón. Lo tomaba despacito, como ellos, porque a esos bares no se iba a beber, sino a hablar de toros y a encontrar trabajo. Y al tiempo que escribo la palabra trabajo, imagino cómo me hubieran mirado esos toreros modestos, dignos y guasones si se me hubiera ocurrido llamar trabajo a lo que ellos hacían, porque para ellos torear siempre fue cualquier cosa menos un trabajo.
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